El fin de los tiempos y Antonio Yagüe. Mi testimonio

Guadalupe y las estrellas

Comencé a interesarme en el fin de los tiempos exactamente el mismo día en que —hará unos diez años— vi un documental sobre las apariciones de la Virgen María en San Sebastián de Garabandal, España. De hecho, fue a raíz de estas apariciones que conocí por primera vez la expresión fin de los tiempos, cuyo sentido no equivale a fin del mundo, sino más bien a la dolorosa etapa —el parto— que precede el nacimiento de una nueva época de paz y gloria de la Iglesia y del mundo, de un nuevo mundo, más bien.

El mensaje de Garabandal produjo en mí una honda impresión. Similar, seguramente, a la que produjo en Pablo VI, quien pronunció alguna vez significativas palabras sobre estas apariciones de la Virgen: “Es la historia más hermosa de la Humanidad desde el Nacimiento de Cristo. Es como la segunda vida de la Santísima Virgen en la tierra, y no hay palabras para agradecerlo.”

No es mi interés ahora, sin embargo, hablar de Garabandal. Otros ya lo han hecho, y muy bien, en otros sitios. Pero he querido tomarlo como un buen punto de apoyo para introducir el tema de fondo de este artículo: la cercanía del fin de los tiempos; más específicamente, sin embargo, quisiera referirme a dos cuestiones muy candentes sobre el tema: (1) las causas de la actual ceguera de los cristianos para discernir los tiempos que vivimos y (2) el enorme y significativo aporte —único, me atrevo a decir— sobre esta materia, que ha realizado el investigador español Antonio Yagüe Ballester.

Las causas de la ceguera sobre el fin de los tiempos

Cristo vuelve, y vuelve pronto: dogma de fe y de los más bellos. Los primeros cristianos eran muy conscientes de esta realidad, y, por ello, vivían en una inmensa tensión escatológica. Tensión que es posible descubrir, claramente, al recorrer las páginas de gran parte del Nuevo Testamento. “El tiempo apremia”, dice San Pablo (1 Co 7, 29) precisamente refiriéndose a esta proximidad escatológica; palabras que calaban hondo en el alma de los primeros discípulos, muchos de los cuales optaban por no casarse al sentir inminente la venida del Señor.

En algún momento de la historia, sin embargo, esta tensión escatológica se perdió. El Esposo parecía tardar. Entonces, lo mismo que aquellas vírgenes de la parábola —tanto necias como prudentes— los cristianos comenzaron a dormirse gradualmente.

Hoy, los cristianos, en su mayor parte —y mejor ni hablar de los que no los son—, ni esperan al Señor que dicen esperar, ni entienden lo que esperan. Dos crisis. De esperanza la primera; y de fe, la segunda.

“¡Ven, Señor Jesús!”, exclaman en cada Misa. “Venga a nosotros tu Reino”, piden en el padrenuestro. Pero si alguien les anuncia que hay signos que indican que Cristo viene pronto,  se espantan y se tapan los ojos —como si del mismo cuco se tratase—, y responden como a la defensiva: “¡Relájate, loco apocalíptico! ¡Nadie sabe! ¡Nadie tiene idea!”, y continúan su fatua charla —entre tapas y risotadas— sobre cómo salvar el mundo con más democracia.

“La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo no vuelve más; o al menos, no pensar que vuelve”, dice Leonardo Castellani, gran apóstol de la venida del Señor.

“Muchos sabiazos (…) —dice el mismo Castellani en otro lugar— parecen tener que el Apokalypsis es un libro dado por Jesucristo a su Iglesia para que no sea entendido nunca y produzca confusión y demencia. Eso es imposible.”

Imposible, ciertamente. No se puede pensar que Jesucristo nos haya dado una Revelación —que eso precisamente significa apocalipsis: descubrimiento, develación— que no pueda ser entendida nunca. Pues una revelación que no puede ser entendida nunca, es todo lo contrario a una revelación. Luego, el Apocalipsis —el libro de la Revelación— puede y debe ser comprendido, y hacerlo lleva consigo una hermosa promesa: “Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen las palabras de esta profecía y tengan en cuenta lo escrito en ella, porque el Tiempo está cerca.” (Ap 1, 3)

Pero esto, que es obvio, no se entiende.

Hay entonces una primera crisis evidente. Una crisis de la esperanza. Ya no se espera a Cristo; o al menos, no se lo espera con ansias, con anhelo, con deseo vehemente; actitud esencial de toda verdadera esperanza, de esa que rezumaba la vida de los primeros cristianos. No, hoy ya no se exclama con entusiasmo: “¡Maranatha! ¡Ven, Señor Jesús!” Antes, se pronuncian estas palabras con fría indiferencia, con ceguera inexcusable y con el olvido pusilánime de la novia que ha dejado de esperar el día de su boda.

Sucede que, en tiempo del Señor, el matrimonio judío constaba de dos partes: (1) el contrato de esponsales y (2) la celebración de las bodas. En el contrato de esponsales el novio solía pagar al padre de la novia una suma de dinero y un pellejo de vino por ella, la cual, desde entonces, pasaba a ser su esposa. Sin embargo, no era sino hasta un año después —aproximadamente— que la novia era conducida a la casa del esposo. En el ínterin, el novio preparaba el lugar donde vivirían juntos. La esposa, por su parte, tenía el deber amoroso de estar siempre preparada para la venida del esposo.

En este contexto cobran sentido las palabras del Señor: “Porque voy a preparar un lugar para vosotros. Y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré otra vez y os tomaré conmigo” (Jn 14, 2-3).

En la primera venida del Señor se han realizado los esponsales. Pero no aún las Bodas: las Bodas del Cordero. Deber amoroso entonces, el de la esposa —la Iglesia—, de esperar con ansias a su Señor, el cual no se ha limitado a pagar el precio del contrato con un simple pellejo de vino, sino con el suyo propio, su propio pellejo, rezumando generosamente su propia sangre.

Pero, ¿está dispuesta hoy la novia para la venida del Esposo? ¿Está realmente preparada? ¿Ansía siquiera su venida?

Con todo, a esta primera crisis de esperanza, debemos sumar una segunda crisis, estrechamente relacionada con la primera: una crisis de fe; al menos, de la fe como conocimiento.

Hoy no sólo no se espera al Señor, sino que tampoco se conoce lo que se espera. Esperamos al Señor —o eso decimos—, pero, ¿qué esperamos? ¿Cómo será su venida? ¿Lo veremos físicamente? ¿Adónde viene? ¿Se esperaba la crucifixión la primera vez? ¿Se esperaba en ese entonces la Eucaristía?

Lo mismo que ayer, hoy no se sabe lo que se espera. Ni lo que precede la venida del Señor, ni lo que la sucede. Y quien no sabe adónde va, difícilmente puede reconocer las señales que indican que ya se está llegando.

Un racionalismo, más o menos inconsciente, entre los cristianos ha sido el culpable de esta segunda crisis.

La fe como actitud esencial y total del cristiano ante el misterio de Dios ha sido ahogada por un racionalismo no reconocido. La razón, que debería ser pedestal, trampolín de la fe, se ha convertido en su techo, o peor aún, en su cárcel.

Podemos ejemplificar muy bien esta actitud racionalista si la contrastamos con la actitud del apóstol Juan ante la experiencia del sepulcro vacío.

Dice el Evangelio sobre la fe de Juan: “Entonces entró también el otro discípulo (…); vio y creyó” (Jn 20, 8). Así de simple y así de real: “Vio y creyó”. No vio a Jesús, por supuesto, sino su ausencia, y la sábana y el sudario perfectamente ordenados. Con eso le bastó para creer que el Señor había resucitado. Donde todos buscaban un muerto, él vio al Resucitado, sin verlo.

Esa es la fe de Juan. Esa es la fe del discípulo amado. Una fe capaz de reconocer las señales del misterio de Dios, allí donde, aparentemente, no hay nada.

La actitud racionalista, en cambio, hace tropezar en ella ese natural primer impulso de la fe, para luego pisotearlo, aplastarlo y ahogarlo: “Es que no debemos descartar la posibilidad del robo del cuerpo. Seamos racionales. Los guardias son hombres de baja condición, nada confiables. Fácilmente pudieron haber sido sobornados por alguien de oscuros intereses, que se llevó el cuerpo del Señor quién sabe adónde pactando con ellos…, y mientras no aclaremos esto no es posible concluir nada. Conviene ser prudentes y no caer en ingenuidades pueriles, etcétera, etcétera, etcétera”, y así, finalmente, no se llega a nada.

El racionalismo termina siendo así, al conocimiento de Dios, lo que el preservativo a los frutos del matrimonio: su seguro de esterilidad. Sólo el amor de la fe es capaz de subirse a los lomos del Espíritu Santo y avanzar allí donde la razón no alcanza.

Esta doble crisis de la esperanza y de la fe: la frigidez del alma y la ignorancia autoimpuesta sobre Dios, se manifiestan particularmente en una actitud trágica hacia tres elementos claves para comprender el fin de los tiempos. Esto es:

(1) La ignorancia de las Sagradas Escrituras

(2) El desprecio de las revelaciones privadas

(3) La ausencia de una mirada litúrgica sobre el cosmos

Nuestro Señor reprochó a los discípulos de Emaús no conocer las Sagradas Escrituras, pues en ellas se señalaba claramente que el Mesías había de padecer y luego resucitar. Reproche muy actual hacia los discípulos de este tiempo, que ignoran, muchas veces escandalosamente, la Palabra de Dios.

Pero no sólo se ignoran las Sagradas Escrituras. Hay también cierta tendencia a despreciar, por principio, las revelaciones privadas. No obstante, son las mismas Escrituras las que nos dirigen hacia ellas como otro medio posible de conocimiento y asistencia, complementario a las Sagradas Escrituras.

Por ejemplo, todos —o casi todos, para ser más exactos— los que se enteraron del nacimiento del Señor, lo hicieron por medio de una revelación particular: la Santísima Virgen, la primera, por medio del arcángel San Gabriel; San José, poco después, por la misma vía; los pastores, por el anuncio de los ángeles; el anciano Simeón y la profetisa Ana, cada uno por una revelación particular.

Las revelaciones particulares vienen en nuestra ayuda, muchas veces, para explicitar lo que ya está dicho en las Sagradas Escrituras, pero que, por alguna razón, no se entiende, o no se entiende bien. Y pongo como ejemplo de esto al Opus Dei, la gran fundación del siglo XX. Ésta tuvo su origen precisamente en una revelación particular a San Josemaría. ¿Cuál fue el gran mensaje de esa revelación? Que todos los hombres están llamados a la santidad, incluso los casados. Obvio, ¿no? Como sea, a todos se les había olvidado, incluso al mismo San Josemaría, el cual necesitó una segunda revelación particular para entender que las mujeres también debían ser consideradas. San Josemaría, como nosotros, era un hijo de su tiempo, con las trancas y cojeras propias de la época. Siempre estamos necesitados de una que otra muleta celestial para dejar de renguear en el camino de la historia.

Por eso, no se le puede tapar la boca al Espíritu Santo. No se pueden despreciar sus manifestaciones, las que sean, como si de algo irrelevante se tratase. Dios está vivo. Y en este sentido, antes que oír a los profetas de la “prudencia”, es mejor seguir el consejo de San Pablo: “No extingáis el Espíritu. No despreciéis las profecías. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 TS 5, 19-21).

Ahora bien, de todos aquellos que se enteraron del nacimiento del Señor, los únicos que no lo hicieron por medio de una revelación particular, fueron los Magos de Oriente. Ellos se enteraron por una vía insólita: mirando las estrellas, observándolas a través de cierto código simbólico, litúrgico, que ellos conocían y nosotros no, y que la misma Sagrada Escritura nos invita a desentrañar: “Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia las obras de sus manos” (Salmo 19, 1).

La Sagrada Escritura parece decirnos entonces que hay tres maneras de conocer de primera mano la venida del Señor: (1) la Sagrada Escritura, (2) las revelaciones privadas y (3) las estrellas.

Teniendo todo esto en cuenta, hay un hombre que ha logrado sintetizar notablemente estos tres elementos esenciales para el discernimiento de los tiempos. Ese hombre es Antonio Yagüe, católico seglar, español, hombre estudioso, quien a un gran conocimiento de la Sagrada Escritura, y de las más importantes revelaciones privadas, especialmente las marianas, ha sumado la sabiduría de los Reyes Magos: el conocimiento de las estrellas. El resultado es sobrecogedor. El Cosmos es el gran reloj de la historia, y lleva grabada en él la historia de la salvación y su momento.

Mi testimonio sobre los estudios de Antonio Yagüe

En abril de 2016 asistí al seminario que Antonio Yagüe dictó en Chile, cuya temática está ampliamente difundida en internet y cuya síntesis básica está contenida en un conjunto de 13 videos que llevan el título de Reflexiones al hilo del ApocalipsisNo quiero referirme a ellos ahora. No es el propósito de este artículo. Prefiero no arriesgarme a decir mal lo que el mismo Antonio ha dicho mucho mejor. Prefiero que quien tenga interés en conocerlo, se dirija a la fuente original.

Por ahora sólo quiero mencionar lo que experimenté al conocer los estudios de Antonio, que contienen observaciones y conclusiones impresionantes; coincidencias imposibles entre las Sagradas Escrituras, las revelaciones marianas y la interpretación simbólica de las estrellas; coincidencias que parecen, a todas luces, advertirnos que el tiempo de la segunda venida del Señor está a las puertas, a la vuelta de la esquina.

Debo reconocer que me ardía el corazón mientras oía a Antonio, tal y como le sucedió a los discípulos de Emaús mientras Jesús, en el camino, les explicaba las Escrituras. Pero, como si esta señal no fuese suficiente, pude ser testigo de algo que nunca me había sucedido: una manifestación de la Santísima Virgen María.

Durante el cuarto día del seminario, junto al lugar donde Antonio exponía, se materializaron en el aire unas “escarchas” que enseguida cayeron al suelo llenándolo de colores. Supe después, que se trataba de una manifestación característica de la Rosa Mística, advocación mariana cuya imagen —junto a la de la Virgen de Guadalupe— presidía el recinto donde se realizaba el seminario.

¿Cómo interpreto yo esta manifestación?

No, por cierto, como un sello celestial para cada uno de los detalles de las hipótesis de Antonio, pero sí como una indicación clara de que quienes estábamos allí ese día oíamos lo correcto, en el lugar correcto y en el momento correcto de la historia.

El Cielo está contento de Antonio Yagüe, no me cabe duda.

Y yo estaba presente allí para ser testigo de ello. Vi y creí. Y es mi responsabilidad ahora dar testimonio de lo que vi y creí para que otros también crean. Pues el Señor nos está diciendo más fuerte que nunca: “Ten en cuenta que vengo pronto, y traeré mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno según su trabajo.” (Ap 22, 12)

One Response to “El fin de los tiempos y Antonio Yagüe. Mi testimonio”

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  1. Marcelo Bautista says:

    Muy hermoso. Gracias.

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